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domingo, 23 de noviembre de 2014

Los rusos me atormentan

No tiene sentido.
Como un vaso de leche caliente en medio del infierno
para calmar los diablos que me atormentan.
Me he sentado a conversar con ellos
y aparecían todos los nombres con los que vienes a doler.
Hicimos recuento de todas las veces que vendí mi alma
a esa compradora de sueños por cumplir,
hacia todos los huecos donde me dejaría la piel,
una y otra vez.
Hacia ti.
Cuando nos chocamos en esa librería de París
y llevabas una mirada que ningún libro se atrevería a describir,
tampoco nos dimos tiempo a que lo hicieran;
cuando nos plantamos en Berlín de un salto
porque era el punto intermedio,
el vértice donde decidimos cortar nuestros segmentos;
que si estabas triste,
asaltábamos Ámsterdam y todos los museos
se rendían ante la escultura de mis deseos
y en Viena te llamaban para que te pasearas en año nuevo,
por eso de tu voz…
cuando te perdí por Moscú para ver quién (se) corría más
y los putos rusos no dejaban de atormentarnos,
¿recuerdas cómo les señalábamos el cielo con el corazón
mientras les mostrábamos el pecado carnal
que escondían nuestras bocas?
Firmé mi propia sentencia de muerte
cuando en plena Guerra Fría
hice un grafiti desde la estatua de la libertad
a todos esos rascacielos:
“Maia ducha, ya liubliu tibia”
esos putos rusos a veces tenían palabras bonitas,
y toda la ciudad interpuso una orden de alejamiento
de tus pies a sus cielos.

No tienes sentido.
Pero qué bonito es perder el mundo
contigo conmigo.