No tiene
sentido.
Como un vaso
de leche caliente en medio del infierno
para calmar
los diablos que me atormentan.
Me he
sentado a conversar con ellos
y aparecían
todos los nombres con los que vienes a doler.
Hicimos
recuento de todas las veces que vendí mi alma
a esa
compradora de sueños por cumplir,
hacia todos
los huecos donde me dejaría la piel,
una y otra
vez.
Hacia ti.
Cuando nos
chocamos en esa librería de París
y llevabas
una mirada que ningún libro se atrevería a describir,
tampoco nos
dimos tiempo a que lo hicieran;
cuando nos
plantamos en Berlín de un salto
porque era
el punto intermedio,
el vértice
donde decidimos cortar nuestros segmentos;
que si
estabas triste,
asaltábamos
Ámsterdam y todos los museos
se rendían
ante la escultura de mis deseos
y en Viena
te llamaban para que te pasearas en año nuevo,
por eso de
tu voz…
cuando te
perdí por Moscú para ver quién (se) corría más
y los putos
rusos no dejaban de atormentarnos,
¿recuerdas
cómo les señalábamos el cielo con el corazón
mientras les
mostrábamos el pecado carnal
que
escondían nuestras bocas?
Firmé mi
propia sentencia de muerte
cuando en
plena Guerra Fría
hice un
grafiti desde la estatua de la libertad
a todos esos
rascacielos:
“Maia ducha,
ya liubliu tibia”
esos putos
rusos a veces tenían palabras bonitas,
y toda la
ciudad interpuso una orden de alejamiento
de tus pies
a sus cielos.
No tienes
sentido.
Pero qué
bonito es perder el mundo
contigo
conmigo.