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domingo, 6 de marzo de 2011

La pieza del puzzle de mi baraja de damas



Dicen que la vida es un juego de azar. Tiras los dados de la suerte y así te labras tu propio porvenir. Pero, ¿no se puede hacer trampas? Todo queda en manos del incierto destino, lo venidero. Yo sólo quiero saber la razón por la cual no controlamos lo que Jorge Bucay llamaría caballos. Nuestros desbocados corazones eligen sin preguntar “¿esto está bien?” o “¿esto me sentará bien?” No. Ellos no preguntan. Pero después tienen que sufrir las consecuencias. El amor es una partida de póquer, lo apuestas todo (sentimientos, alma y cuerpo) al postor que tu corazón decide y, con un sólo movimiento, te desvalija de todo lo que tienes y lo que tendrás. ¿Qué nos queda? Caer, levantarnos y volver a caer. Hasta que al final, dicen, encontramos a alguien. El ser humano es un ser dependiente de su propia raza: siempre busca a alguien para su segundo tramo. El ser humano es cobarde por naturaleza: le da miedo pasar sus días y envejecer sin una compañía. El ser humano es ludópata y su corazón está enfermo: por eso duele apostar nada y perderlo todo.


sábado, 5 de marzo de 2011

Poetas (II): Pedro Salinas

Sin duda uno de los símbolos de la literatura española, de la Generación del 27, es el poeta del amor, Pedro Salinas. Desde Madrid, ciudad de nacimiento, hasta Boston, donde abandonó su cuerpo, se extiende medio siglo de obra literaria, que no sólo poética. La obra de Pedro Salinas comprende poesía, prosa y teatro. Para más información, por todos lados hay biografías suyas, esta entrada no va a ser una más. Por ello, qué mejor que él mismo para enseñar su calidad poética. ¿Qué más se puede pedir además de los pronombres?
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo»