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martes, 14 de junio de 2011

La Revolución de las Palabras.

Hablamos para comunicarnos. Nos centramos en el todo del mensaje pero nunca tenemos a las palabras como un ente individual sino como un conjunto, la unidad mínima de significado y la unidad básica a través de la cual decimos lo que queremos decir. A veces, lo que no pretendemos. Pero decimos, nos comunicamos, que es lo importante- Pero, ¿y si las palabras organizaran un golpe de Estado contra las Academias y exigieran que se les consideraran como individuos y no como un conjunto? ¿Se les respetaría entonces?

Melancolía, por ejemplo, diría a voz de grito que ella no fue creada para designar un estado psíquico aislado de lo físico. Diría que es un concepto psicosomático. Declamaría sus raíces: (melan) bilis (colía) negra, e impondría que el mundo la conociera por sus progenitores y no por la acepción que se le ha acuñado con el paso del tiempo.

Sífilis agradecería que le cambiaran su antiguo nombre de “mal galo” por el que ostenta ahora con orgullo y desparpajo en su carnet de identidad, porque, obviamente, no tiene relación directa con este pueblo, son solo primos lejanos.

Y Lesbiana... ella sí que lucharía por el reconocimiento de su pasado. Su clamor se basaría en que ella nunca ha sido un insulto hasta que la humanidad decidió que lo fuera. Hablaría entonces de la poetisa de la Grecia clásica, Safo, que por analogía con las Academias griegas exclusivamente masculinas, quiso que las mujeres tuvieran esa misma oportunidad, fundando la Academia femenina en la isla de Lesbos. Las relaciones y los sentimientos que allí confluyeran solo sus protagonistas lo saben.

Luego reivindicarían algo de veracidad los términos Siempre y Nunca, ya que aunque nunca digas nunca, nada es para siempre. Por ello, se alzarían por su veracidad o una retirada digna del plano comunicativo, pero lo que de verdad quieren es llegar a un acuerdo concreto sobre su uso.


Esperemos que nunca haya una revolución de palabras, estaríamos perdidos.

domingo, 6 de marzo de 2011

La pieza del puzzle de mi baraja de damas



Dicen que la vida es un juego de azar. Tiras los dados de la suerte y así te labras tu propio porvenir. Pero, ¿no se puede hacer trampas? Todo queda en manos del incierto destino, lo venidero. Yo sólo quiero saber la razón por la cual no controlamos lo que Jorge Bucay llamaría caballos. Nuestros desbocados corazones eligen sin preguntar “¿esto está bien?” o “¿esto me sentará bien?” No. Ellos no preguntan. Pero después tienen que sufrir las consecuencias. El amor es una partida de póquer, lo apuestas todo (sentimientos, alma y cuerpo) al postor que tu corazón decide y, con un sólo movimiento, te desvalija de todo lo que tienes y lo que tendrás. ¿Qué nos queda? Caer, levantarnos y volver a caer. Hasta que al final, dicen, encontramos a alguien. El ser humano es un ser dependiente de su propia raza: siempre busca a alguien para su segundo tramo. El ser humano es cobarde por naturaleza: le da miedo pasar sus días y envejecer sin una compañía. El ser humano es ludópata y su corazón está enfermo: por eso duele apostar nada y perderlo todo.


viernes, 3 de septiembre de 2010

El secreto de las tortugas

Siempre me he preguntado por la percepción del tiempo en los animales: ¿para ellos es sólo un instante o las horas se hacen años? Cuando la gacela corre, ¿cuánto piensa que tarda en llegar a su destino? Y la tortuga… no sé qué pensará cuando se transporta lentamente. Siempre me ha gustado este animal: andar lento, lento muy lento, y que el ajetreado mundo pase por su lado sin ella inmutarse. La tranquilidad de mirar la velocidad de la luz y reírte de ella porque no sabe disfrutar de los buenos momentos.

También me pregunto si en las tortugas, ya que hablamos de ellas, reina la voz de la experiencia. Si cuando una tortuga pequeña llega a alguna mayor hablándole de miedos, inseguridades, nuevos retos, nuevas vivencias que le quedan por vivir, la tortuga mayor ríe y se siente aún más mayor aunque la diferencia de edad sea mínima. ¿Deseará esa gran tortuga volver a tener los miedos de la joven tortuga?

Seguro que hasta los animales no quieren crecer y desean nuevas experiencias que les alienten sus propias vidas.

Pero somos seres humanos, una especie algo peculiar, así que seguiremos viviendo a la velocidad de la luz, con pocos momentos para valorar lo realmente bueno y seremos como esa tortuga algo mayor.

Seguiré riéndome ante los miedos ya pasados y hablando desde donde la experiencia me lo permite.