No soy poeta,
pero en la lejanía,
entre campos violetas
te veo matar el día.
Anudados en coleta
tus rizos son guía
del viento, veleta
a tempestades retas.
Así te veo, Guiomar,
escondida en el monte,
te veo desde el mar,
donde olas te rompen.
Azul es tu mirar,
tus ojos fluyen,
libertad es tu andar.
Tren donde cabalgo
buscando tu serranía.
Nobles campos,
verde compañía.
Un cuerpo yermo
a la melancolía
asesina está expuesto
a la nostalgia fría.
Entre los olivos,
Guiomar, tú apareces,
ganas al olvido,
retas a los fuertes
amantes heridos
a jugar su suerte
a la luna. Perdidos
haces que se encuentren
**
Apareces en mis manos viajeras.
Eres la tinta con la que escribo
a la luna, al sol, al mar, a la tierra,
al dulce cantar de un mirlo,
a la luz tenue de esta sierra,
al azul de este marinero en pena,
a la tempestad que resulta fiera.
Ojos de niña en cuerpo de mujer
que se advierte en la lejanía
la luz que el sol les ha de deber
por iluminar con toda su rebeldía.
Musa que nos hace beber
de la fuente de su sabiduría
para su agua no perder.
Para ti, Guiomar, mi poesía.
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