La
metamorfosis de una mariposa
es el símil
con el que la naturaleza se podría comparar
a ti cuando
te quitas la ropa.
Los vecinos
se quejan
cuando dicen
que hay un caballo desbocado
queriendo
agujerearles la pared.
Lo comprenderían
perfectamente
si te vieran
aparecer
de puertas
para dentro.
Aunque para
ellos,
mi
habitación es un establo
y aciertan:
no paro de buscar
mi aguja
en tu pajar.
Hemos
enrojecido al sol
y la luna ve
nacer una nueva estrella
en la
supernova que formamos
tú
y
yo
en las
cuatro patas de la cama.
A la mañana
siguiente
gustas de
comprobar los restos
de las gatas
en celo que nos poseían
y nos
miramos desde detrás de dos tazas.
Volvemos a
pegar con versos
la rutina
que rompimos unas horas antes.
Me susurras
que no,
que no me
maquille,
que tengo
las ojeras más bonitas de toda la ciudad,
porque llevo
tu nombre en ellas.
Salgo a
atacar a la ciudad de nuevo,
gritándole
al reloj para que las manillas corran más.
El guaperas
de la oficina me vuelve a adular
y yo
mientras pienso en la selva que montaré en casa
con dos
copas de vino
y tus ojos
de gata.
El guaperas
no lo sabe
pero el
hombre me sugiere todo lo contrario.
Lo
entenderíais si la vierais cuando se esconde
entre las
sábanas,
para jugar
al pilla-pilla en el que siempre gana.
Ganamos.
Entenderíais
que las musas no hagan nada
para
quitarle el puesto.
Porque ser
musa no es hacer,
es ser.
Y ella es
todos los poemas
que aún me
quedan por escribir.
