En un cuarto extraño, decide escribir bajo la atenta mirada de una bandera pirata. De todas formas, sí, escribe, pero no sabe muy bien qué decir. Le gustaría expresar tantos sentimientos contenidos de manera verbal que se le aturrullan las palabras, no encuentra una manera coherente de hilar su relato. Para. Un ruido en el pasillo la distrae. “Bah, imaginaciones”, se dice. Sigue tecleando. Quiere, de alguna manera, dejar constancia de todo lo que siente o ha sentido a lo largo de una semana que no se le antoja fácil, más bien algo... extraña quizás sería el adjetivo adecuado. Lunes cuesta, el martes imposible sin tu voz. Pero se va a remontar a justo una semana antes. Viernes. El plan de la noche, normal: película de Woody Allen para endulzar el sentido del humor y luego relajación en casa. O no. Sonríe al recordar el momento. De pronto, se ve en el otro cuarto ajeno, grabando cómo dos amigas se demuestran el cariño imitando una encarnizada pelea de Orcos, con el simple propósito de ganar el derecho a darle un cariño especial y dejar su marca en el cuello del otro orco, por llamarlo de alguna manera. Tras quince minutos, lo consiguió. Risas, risas y más risas. Qué bueno descargar el peso de la agobiante rutina en el simple gesto de sonreír. Luego deciden descansar: al día siguiente tienen un viaje a través del tiempo en forma de fiesta. Cuando se levantan, deciden pasar la mañana en compañía como tres compañeras hermanadas que son, ya que entre ellas se ha superado la barrera que la separan de las otras y se han dejado comprender. Por la tarde, Siete años en el Tíbet crea un ambiente soporífero que hace sucumbir a sus dos espectadoras en una pequeña siesta. Enlazadas como dos enredaderas, dejan que Morfeo haga de las suyas en su cuerpo. Por fin se deciden a salir. Se visten de época pasada para pasar una noche inolvidable. Un momento en los años veinte. No, borra eso, rectifica. Un momento con ellas. Eso suena mejor. Y sí, son ellas las que ahora la apoyan, las que la escuchan cuando está mal, las que se inventan una terapia para ayudarla en sus dificultades expresivas. Son ellas con las que quiere compartir el año. No son las que más la conocen pero sí dos de las personas que más quiere conocer. Son mamás de ella y a veces ella es su mamá. Son dos consonantes que abrigan a una vocal en medio. Son un abrazo mañanero, una sonrisa al mediodía, un beso crepuscular y un abrazo nocturno. Y unas ganas de reír eternas.
Lo siento. Me he enamorado de vuestra compañía y si no os siento, os echo de menos.
Jooo... (y así el orco huyó a esconderse en su cueva llena de huesos pues había leído algo bonito y sentía la cara llena de calor).
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ResponderEliminarDe parte de Nora
ResponderEliminar"Chupetones de orco, tetris en el sofá, boas de los chinos y terapias estupendísticas =D una pequeña parte de lo que es NUESTRA vida. Te Quiero!"
MAravilloso tener gente asi con quienes compartir...besos
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