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jueves, 15 de diciembre de 2011

Las calles estaban inundadas por el frío de la madrugada. La humedad calaba hasta los huesos. Hasta el alma cándida dice ser insensible ante el poder glacial que emana de la noche gris. ¿Quién puede deambular por estas calles ahora, que no podríamos decir si es demasiado temprano o muy tarde? El anciano madrugador tiene su rutina establecida: despierto desde muy temprano, pasea por esas calles que lo han visto crecer. Calles y rincones que han sido testigos de sus triunfos y fracasos, han jugado con él y sus amigos, han sido testigo de cómo el amor se fue apoderando de su vida para formar una familia y que las nuevas generaciones disfruten como lo hizo él.

Por otro lado, al fondo de la calle, vuelve con rastros de maquillaje y tacones en la mano una joven a la que le parece que el día anterior nunca acabó hasta que no descanse en sus aposentos. Tiene toda una vida pro delante y lo sabe: joven, trabajadora, estudiante de una carrera de prestigio. Una vida muy diferente a la del anciano. Perspectivas distintas condicionadas por la edad, las circunstancias y la época, que se demuestra en el saludo que ambos se dan:
- Buenos... ¿días? - pregunta el anciano.
- ¿O noches? - contesta la joven.
- Sí,... entonces, buenas noches.

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