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viernes, 26 de octubre de 2012

La Luna le sabe a poco

Granada se miró al espejo. El reflejo le devolvía la imagen de un cuerpo dañado por los azotes de los vendavales de las emociones que la habían recorrido a lo largo de su corta vida. A sus escasos 24, se disimulaba las profundas ojeras que decoraban sus ojos marrones, simples, pero tristes. Odiaba la forma en la que se le enmarañaba el cabello después de días de movimientos. Odiaba la desnudez de sus manos sin ningún tipo de complemento que las decoraran. Odiaba sus grandes pies que soportaban el liviano peso de un cuerpo y el peso de un alma forjada en hierro. Odiaba sus inseguridades. Por eso se comportaba como lo hacía. Un suspiro la sacó de su reflexión matutina. Se volvió rápidamente para comprobar que su última aventura nocturna seguía durmiendo. Así era. Regresó a la conversación con su reflejo. Pensándolo bien, después de una capa de maquillaje todo cambia: sus ojeras parecían menos profundas, sus labios parecían más apetecibles y la cetrina piel que le recubría el rostro parecía sacada de un catálogo de modelos. Sin embargo, la tristeza de sus ojos no se podía tapar de ninguna manera. Eso le gustaba porque aunque su filosofía de vida era aceptar el pasado como pisado, no había que olvidarlo en ningún momento ya que es el pasado el que condiciona el presente y dictamina nuestro futuro. Con lo que le quedaba de corazón guardado en una pequeña caja, había llegado a conocer las sábanas de los más variopintos dormitorios. Había estado embadurnada en el olor de las sábanas de hostal así como en las suites más señoriales que podía imaginar. Siempre abandonada a lo que esa noche el destino le tenga preparado, dejándose llevar sin pensar y curar así su desvencijado corazón. Eso era lo que ella creía o al menos intentaba. Esta vez era su suspiro el que la invitaba a abandonar las reflexiones. Un abrazo la sorprendió en medio de sus cavilaciones. Aquella desconocida se había propuesto regalarle algo más que un abrazo para empezar el día. Con una sonrisa rota la miró y se dejó hacer. Porque a Granada, la luna le sabe a poco.



martes, 9 de octubre de 2012

En cada esquina están
todos esos fantasmas
que en el pasado debieron quedar,
pero debajo de la cama
acechan, con ganas de más,
escondidos tras un cristal
buscan las cosquillas,
buscan molestar,
buscan romper el sueño
y las ganas de soñar.

La espalda debiéramos dar
a todos esos fantasmas
que en el pasado debieron quedar.


A E.G.F. por compartir conmigo su historia
y hacerme partícipe de ella.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Dime quién soy (Julia Navarro)


No sé exáctamente cómo describiría este libro. Para los amantes de la historia, les diría que es altamente recomendado. Para todo aquel que se deleite con el espionaje, le invitaría a pasear entre las páginas de este libro.

Guillermo, un periodista afincado en Madrid, recibe el encargo de investigar sobre la vida de su bisabuela que nadie de su familia conocía a ciencia cierta. Aunque empieza con desgana, poco a poco va desentramando una historia que le hace viajar por medio mundo. 

A través de la historia de Amelia Garayoa, Julia Navarro describe los grandes acontecimientos del sigo XX español y europeo, desde la Guerra Civil española hasta la caída del muro. Todo ello desde una perspectiva totalmente implicada y sufridora de los hechos que se iban sucediendo.Todo esto acompañado de un excelente trabajo de campo.

Algo que me gustaría destacar es que este tipo de literatura suele tomar partido por un "bando" u otro. Sin embargo,la autora se muestra totalmente objetiva, mostrando la crueldad de los totalitarismos europeos, tanto el fascismo como el stalinismo. 

No quiero adelantar nada del libro, ya que me parece que es algo que hay que disfrutar en primera persona sin tener más idea de lo que he dicho para poder sumergirse en él.

Pero no, a mí no me hubiera gustado ser Amelia Garayoa

martes, 15 de mayo de 2012

Tragada por un tocadiscos

Ella no quería, pero allí se encontraba. Dando la espalda al televisor y al ordenador estaba sentada frente a un tocadiscos. Entre el repertorio de artistas tenía a The Beatles, Queen y a todos los grandes del pasado que están muy presente. Hipnotizada por otra época, por otras vidas, levanta la aguja para colocar el single While my guitar gently weeps. Hizo que empezara a funcionar y entonces ocurrió... Unas manos gigantes salieron del tocadiscos para llevarla de paseo. Estaba sentada en el salón y dos segundos después se encontró en medio de un concierto de The Beatles, escuchando en directo esa canción. Luego todo volvió a cambiar y se encontró camino Woodstock para vivir uno de los primeros festivales que harían historia. La escena volvió a cambiar: ahora veía al cuarteto de Liverpool cruzando Abbey Road. Después de esto vio los últimos momentos de Lennon en vida y lloró desconsolada en el Strawberry Fields. 


Abrió los ojos. Se encontraba frente al tocadiscos, pero reinaba el silencio. Se levantó y volvió a poner el mismo vinilo.
Y así, sentada frente a un tocadiscos, viajaba a través del tiempo.

lunes, 16 de enero de 2012

Adonis y Ceres

Adonis se levantó sonriendo. Había pasado un año.
Como si fuera ayer, recordó ese témpano de hielo en el que habitaba que, aunque fuera el lugar más cálido habido y por haber, a él siempre le parecerá más frío que el polo. Quizás porque era su corazón quien lo hacía que lo viera así.
Ese día se levantó sin esperanzas, sabiendo que lo malo estaba por llegar. Sabía que tanto la batalla como la guerra las había perdido, pero en su lucha interna aún tenía que ganar. Tenía que saber hablar, saber hacerse entender. Aunque ello conllevara una gran pérdida.
Empezó a mirar a su alrededor. Esa cueva hostil en la que se encontraba no era tan mala en realidad. Pero sabía que la tendría que abandonar después de ese día, que no sería bienvenido allí. “Una pena, tendré que quitar toda la decoración, aunque las pinturas rupestres no me las voy a poder llevar.” Lo que sí se iba a tener que llevar era el recuerdo de esa época en ese lugar. Claro que, todo en el susodicho caso de perder juego, set y partido.
Llegó la tarde.
Su momento había llegado. Tenía dos opciones: abrir su corazón con las maletas en la puerta o seguir pudriéndose por dentro por culpa de algo que no tenía final ni futuro. En ese momento quería morir, explotar, que el mundo desapareciera. No entendía qué hacía allí y por qué estaba haciendo lo que hacía con sus días. No lo sabía.
Ceres lo miró confundida. Adonis le abrió su corazón, se lo entregó en bandeja para que lo pisoteara, lo tirara y le escupiera y así quedarse vacío por dentro. ¿Qué hizo Ceres? Miró el corazón con ternura, miedo y pena. Ternura por la persona, miedo por perderla y pena por no saber corresponder. Abrazó el corazón y se lo devolvió tal y como estaba: igual de mullido, roto y maltrecho. Pero con una sonrisa. Ambos sonreían. Alguna lágrima se pudo haber escapado, pero sonreían.
“Tú no vas a ningún lado […] No voy a cambiar contigo”
Ha pasado un año.
Adonis creía que ese dolor, ese sufrimiento nunca iba a parar. Pero ahora está viendo que todo es pasajero, que todo se supera. Pero sigue dándole las gracias a Ceres, porque sabe que como ella, nadie se ha portado con él y poca gente lo hará. Cierto es que algo cambió, algo se modificó. Pero nada está roto.
“No voy a cambiar contigo.”
Ceres, ojala supieras cuánto te agradece Adonis todo lo que has hecho por él en el transcurso de un año.

domingo, 1 de enero de 2012

Primer poema del año

Me gusta cuando tú hablas
y se calla hasta el cielo.

Si te pido dos de azúcar,
me respondes con hielo.

Déjame guiarte en tu desnudez
pero despiértame si tengo sueño.

No quiero que me abandones en la estacada,
ni que la estacada me llame por mi nombre.

Me gusta que me abraces
hasta que dejaste de hacerlo.

Y que me beses

Y que en la inocente levedad del ser
digas que me quieres.

Podrías escribirme algo bello esta noche,
pero no has querido ni decir mi nombre.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Las calles estaban inundadas por el frío de la madrugada. La humedad calaba hasta los huesos. Hasta el alma cándida dice ser insensible ante el poder glacial que emana de la noche gris. ¿Quién puede deambular por estas calles ahora, que no podríamos decir si es demasiado temprano o muy tarde? El anciano madrugador tiene su rutina establecida: despierto desde muy temprano, pasea por esas calles que lo han visto crecer. Calles y rincones que han sido testigos de sus triunfos y fracasos, han jugado con él y sus amigos, han sido testigo de cómo el amor se fue apoderando de su vida para formar una familia y que las nuevas generaciones disfruten como lo hizo él.

Por otro lado, al fondo de la calle, vuelve con rastros de maquillaje y tacones en la mano una joven a la que le parece que el día anterior nunca acabó hasta que no descanse en sus aposentos. Tiene toda una vida pro delante y lo sabe: joven, trabajadora, estudiante de una carrera de prestigio. Una vida muy diferente a la del anciano. Perspectivas distintas condicionadas por la edad, las circunstancias y la época, que se demuestra en el saludo que ambos se dan:
- Buenos... ¿días? - pregunta el anciano.
- ¿O noches? - contesta la joven.
- Sí,... entonces, buenas noches.